“Cuatro años de crisis: Qué hemos aprendido y qué debemos hacer”


Con este título se presentaba el encuentro que hemos tenido este miercoles con posterioridad a la celebración de la Asamblea General 2012 de CEBEK (Confederación Empresarial de Bizkaia). Se trata de un acto importante en si mismo (pues es, por parte de la patronal, el acto institucional más importante del año), y sumamente interesante. Además de ofrecer la oportunidad de reencontrarse o conocer a personas con mucho que enseñar por su trayectoria empresarial, las ponencias que se ofrecen en el encuentro y el debate posterior suelen aportar ideas valiosas y muy aprovechables.

Una vez más, el plantel ha sido de lujo: lo ha moderado Carmen Gallastegi, Catedrática de Economía (uno de los mejores profesores, sino la mejor, que tuve en mi etapa de estudiante universitario) y exconsejera del Gobierno Vasco. Y los ponentes : Mario Fernández, actual presidente de Kutxabank y otras muchas interesantes tareas anteriores entre la que se encuentra haber formado parte del primer Gobierno Vasco como Vicelehndakari; y Carlos Solchaga, Ministro en varios gobiernos de Felipe González y actual asesor internacional.

Personas de máxima credibilidad que, lamentablemente, han planteado un escenario bastante negativo para el inmediato futuro. Aunque hay que decir que se han mojado y han trasladado de forma clara, directa y solvente, ideas clave para superar la situación, …, pero que no van a ser fáciles de implementar.

Pero bueno, lo que me ha llevado a escribir estas lineas ha sido la intervención final de Carmen Gallastegi: ha leído parte del discurso de investidura de F.D.Roosevelt como Presidente de los Estados Unidos en 1933. Es decir, en plena depresión tras el crack del 29. Es un discurso que marco una época; supuso, entre otras cosas, la puesta en marcha de una nueva forma de hacer en materia de política económica, lo que se conoció como “New Deal” y que se basaba el una política más intervencionista para garantizar la cobertura a quienes más directamente sufrían la crisis, reformar los mercados financieros y relanzar la actividad económica.

De hecho, en los primeros cuatro meses de mandato, Roosevelt reformó el sistema financiero, garantizó los depósitos bancarios, limitó la producción agrícola para que subiesen los precios, ayudó a los propietarios incapaces de pagar la hipoteca y puso a miles de parados a trabajar en obras públicas.

Después no todo salió como se preveía (incluso se “interpuso” la II Guerra Mundial…), pero es muy interesante analizar cómo aquellos problemas de entonces son muy similares a los de ahora y cómo las soluciones que ya se barajaban son las que ahora parece que hay que abordar en Europa, a pesar de las dificultades que la propia estructura económica y la configuración política de Europa traen consigo: la reforma del mercado financiero, la aportación de liquidez que ayude a generar demanda aún a costa de la inflación, etc..

En palabras de los propios ponentes esta crisis es “diferente” e impredecible, pero a la vez merece la pena observar que ya se ha pasado antes por situaciones similares y no está de más aprender de lo que se hizo antes para intentar acertar ahora y en el futuro.

A continuación reproduzco parte del citado discurso, …, que bien podría ser utilizado en Europa 80 años después… .

Este, en especial, es el momento de decir la verdad, toda la verdad, con franqueza y valor. No debemos rehuir, debemos hacer frente sin temor a la situación actual de nuestro país.
Esta gran nación resistirá como lo ha hecho hasta ahora, resurgirá y prosperará. Por tanto, ante todo, permítanme asegurarles mi firme convicción de que a lo único que debemos temer es al temor mismo, a un terror indescriptible, sin causa ni justificación, que paralice los arrestos necesarios para convertir el retroceso en progreso.

(…)

Los valores han caído hasta niveles inverosímiles, han subido los impuestos, los recursos económicos del pueblo han disminuido, el gobierno se enfrenta a una grave reducción de ingresos, los medios de pago de las corrientes mercantiles se han congelado, las hojas marchitas del sector industrial se esparcen por todas partes, los agricultores no hallan mercados para su producción, miles de familias han perdido sus ahorros de muchos años. Y lo más importante, gran cantidad de ciudadanos desempleados se enfrenta al triste problema de la subsistencia, y un número igual trabaja arduamente con escasos rendimientos.

Únicamente un optimista ingenuo negaría la trágica realidad de la situación. Sin embargo, nuestras penurias no se derivan de una carencia de recursos. No sufrimos una plaga de langostas. En comparación con los peligros que nuestros antepasados vencieron gracias a su fe y a su coraje, aún tenemos mucho por lo que sentirnos agradecidos. La naturaleza continúa ofreciéndonos su exuberante abundancia, y los denuedos humanos la han multiplicado. A nuestros pies se extiende una gran riqueza; no obstante, su generosa distribución languidece a la vista de cómo se administra.

Primordialmente, esto se debe a que quienes gestionan el intercambio de los bienes de la humanidad han fracasado a causa de su obstinación e incompetencia, han admitido dicho fracaso y han dimitido. Las prácticas de los cambistas poco escrupulosos comparecen en el banquillo de los acusados ante el tribunal de la opinión pública, repudiados por los corazones y por las mentes de los hombres.

Ahora debemos devolver a ese templo sus antiguos valores. La magnitud de la recuperación depende de la medida en que apliquemos valores sociales más nobles que el mero beneficio económico. La felicidad no radica en la mera posesión de dinero; radica en la satisfacción del logro, en la emoción del esfuerzo creativo. La satisfacción y el estímulo moral del trabajo no deben volverse a olvidar en la irreflexiva persecución de beneficios fugaces.

Nuestra tarea prioritaria es volver a dar trabajo al pueblo. Esto no es un problema insoluble si lo afrontamos con prudencia. Puede realizarse, en parte, mediante una contratación directa por el gobierno, como en caso de guerra, pero al mismo tiempo llevando a cabo a través de esa contratación los trabajos más necesarios para estimular y reorganizar el uso de nuestros recursos naturales. […] Es posible trabajar en esta tarea mediante esfuerzos precisos para elevar el precio de los productos agrícolas y, con ello, el poder de compra que absorberá la producción de nuestras ciudades. Es necesario esforzarse en ello poniendo término a la tragedia de la creciente desaparición por quiebra de nuestras pequeñas empresas y de nuestras granjas. Podemos facilitar [el empleo] planificando y supervisando en el ámbito nacional todas las formas de transporte y comunicaciones y de otras actividades que presenten claramente un carácter de servicio público […].

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